jueves 17 de noviembre de 2011

Deficiente para la actividad física

Los nervios me estaban volviendo loco. Me veía totalmente distinto a toda la concurrencia de ese barcito grasoso y sin ventanas en el que me había metido. Mi incomodidad era totalmente obvia y podía sentir la mirada pegajosa de todos recorriéndome centímetro a centímetro.
Estaba bien recomendado. Me había metido de lleno en el oscuro mundillo de los muchachos de compañía y de los viejos que los andan buscando.
Fui nervioso hacia una mesita al fondo y prendí un cigarrillo después de pelear un rato con el temblequeo en los dedos. Debo haberme visto demasiado vulnerable porque los predadores se alborotaron de inmediato. Sin querer clavé la mirada en los ojos de un tipo a dos mesas de distancia y me di cuenta que estaba totalmente entregado. En segundos vino con confianza y se sentó frente a mí, haciéndole señas al mozo para que me traiga una cerveza.
Me dijo que se llamaba Roberto y preguntó si era la primera vez que iba. Una sonrisa estúpida se le dibujaba en la cara mientras hablaba y yo no podía parar de mirarle el gris pálido de sus dientes muertos. Era tan desagradable que me fascinaba de una manera extraña. El saco azul de venir de la oficina, la camisa sucia y la piel brillosa de aceite bajo el peinado cubrepeladas. Me daba tanto asco que mi cara debe haber cambiado a un tono que lo preocupó. Su confianza se desdibujó y se mostro nervioso. Me preguntó que hacia ahí, si estaba con la cana y empezó a ojear a los costados de forma inquieta.
No supe que hacer y me quebré. Estaba realmente asustado.
Le conté mi historia. Le dije que siempre me horrorizó la idea del servicio militar y que estaba dispuesto a hacer todo lo posible por zafar. Salir sorteado fue horrible. Me había hecho todos los análisis por mi parte con la esperanza de quedar libre pero no hubo caso. Fue el médico mismo el que me sugirió el tema de la baja por OAD, ya que según parece los putos no sirven para defender la patria.
No pude aceptar porque era mi pediatra desde chiquito, pero después de eso la idea me quedo grabada a fuego en la cabeza. Empecé a averiguar sobre lugares, días y horarios (de hecho, mi pediatra me tiro un par de puntas) y después de dudarlo muchísimo tomé valor y me aparecí en este sucucho.
Roberto me miraba como hipnotizado mientras le contaba mi relato. Mi historia de inocencia lo embelesaba y la idea de tener a un debutante parecía interesarle. Me quedé callado un rato y él me agarró la mano para acariciarla y me dijo que era un sol. Que no me preocupara, que él me iba a "ayudar". Me relajé y tomé unos tragos de mi cerveza y me dijo de irnos porque tenía un lugar más cómodo.
Al salir el frio me pego en la cara y el mundo se me dio vuelta. Todo se volvió borroso a partir de ese punto. No sé si fueron los nervios, el asco o si me habían puesto algo en la bebida, pero las imágenes se me aparecen de a pedazos.
Recuerdo tener que subir una escalera porque los ascensores no andaban. Recuerdo llegar a un departamento oscuro y casi vacío lleno de manchas de humedad y cascarones de pintura colgando del techo. Recuerdo la voz de Roberto diciéndome que no me preocupe y pidiéndome que le diga "papi" cada vez que me tratase de "Martincito". Recuerdo su saliva pegajosa en mi cara. La sensación de su lengua y sus encías dibujándome el cuerpo de a poquito.
Me despertó el sol en la ventana. Mi salvador todavía dormía, así que me vestí despacito y agarré la plata que me había dejado en la mesa de luz. Salí de la habitación como en un sueño y empecé a bajar las escaleras mientras contaba los billetes. Era bastante guita y entendí que me había ganado un bono por la inocencia. Me sentía como de porcelana o de cristal. Cualquier disturbio repentino me podía hacer estallar en añicos. En la vereda el sol me dio en la cara y trate de enfilar al subte lo mejor que pude.
Todo salió bien. El plan funcionó a la perfección.
Es increíble como los ceba la promesa de carne fresca. Ninguno termina de darse cuenta de que en realidad estoy un poco grande como para no haber hecho la colimba a esta altura. Sé que es un poco grotesco lo que hago, pero ya estoy bastante curado de espanto y con el pasar del tiempo cada vez me quedan menos maneras de manejar la competencia.
Hay demasiados pibitos desesperados en esta ciudad últimamente.